El Espíritu del Opus Dei y la Virgen de Guadalupe (Parte I)
escrito por Administrator
Sunday, 21 de February de 2010
Se cumplen en estas fechas 108 años del nacimiento de San Josemaría, Fundador del Opus Dei y 80 años de la fundación de la sección de mujeres de la Obra. Personalmente he recibido mucho de su ejemplo y del espíritu que Dios le mostró. Gracias a sus enseñanzas aprendí a vivir con sentido de trascendencia divina las mil ocasiones que lo ordinario ofrece cada día. Tuve ocasión de escuchar sus palabras en vivo en alguna ocasión y sobre todo luego las he reconsiderado a través de publicaciones, películas, glosas de predicadores, testigos directos, charlas, conversaciones, tertulias o comentarios. Sin embargo, quizás ninguno ha descrito aquel mensaje como aquí lo quiero escribir, pues me ayuda a entender lo que Dios puso en sus manos, y quizá pueda servir también a otros
Entre los muchos modos en que Dios puede elegir para mostrar un mensaje a las almas, decidió hacerlo en esta ocasión a través de una visión. Quizá porque desde años antes a aquel 2 de octubre de 1928, San Josemaría rezaba Domine, ut videam! para dar salida a una intuición personal o barruntos de lo que sería la misión de su vida. Llegado el momento uno de sus biógrafos describe que bajo la luz potente e inefable de la gracia se le mostró la Obra en su conjunto; “vi” es la palabra que usaba siempre al definir este hecho[1]. Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles[2]. Y en otro documento: Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios[3].
Formalmente una visión es la presentación interior de un cuadro o escenario en acción, que puede ir asociada o no a la comprensión de su significado. En la Sagrada Escritura se narran visiones de origen divino como las de José el hijo de Jacob[4], el rey Nabucodonosor[5] o el apóstol Pedro[6] en casa del centurión Cornelio. Pero no parece que sea este tipo de visión figurativa la que tuvo San Josemaría, pues nunca la asoció a figuras, paisajes, animales, personas o seres sobrenaturales. Parece más bien que se trató de una fuerte iluminación instantánea, principalmente conceptual.
La recepción de mensajes a través de un tipo u otro de visiones tiene el inconveniente de que requiere ser traducida a palabras para poder transmitirla, tarea que en último término sólo puede hacer el propio receptor de la visión. De esta segunda parte depende que el mensaje original alcance su destino con mayor o menor fidelidad. En el proceso de descripción influyen factores de la propia visión junto a otros de propia la persona que la tuvo. Todo escenario se compone de luces y sombras, primer y segundos planos, colores resaltados y pálidos por los que unos aspectos resultan más notorios que otros. A su vez la persona es capaz de relatar mejor o peor según sus dotes particulares, formación previa, momento anímico, etc. Por todo ello, no tiene nada de extraño que a lo largo del tiempo, el receptor exponga aspectos sucesivos que finalmente completan y mejoran la descripción de la visión recibida. Mucho más si la visión fue poco figurativa y más de tipo conceptual.
Este proceso natural le ocurrió también a San Josemaría al describir aquella visión de 1928. En su vida hubo un esfuerzo, más o menos explícito, por expresar mejor el contenido y profundidad de aquella primera gran escena que vio. En esa tarea, Dios intervino de forma ordinaria y extraordinaria, con nuevas visiones y locuciones, para recordar aspectos que parecían no haber sido captados en el primer momento como toda la obra femenina[7], la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz o el mismo nombre de aquello que recibía. El proceso solo termina con la muerte del receptor y mientras tanto está abierto a ser mejor expuesto. Aquí se expone ese conjunto de descripciones a lo largo de su vida en forma sintética ascendente, lo cual no significa que haya correspondencia temporal con exposiciones en fechas sucesivas. De este modo podría decirse que San Josemaría realizó siete definiciones-tipo del espíritu que recibió, que de menor a mayor profundidad espiritual, se enunciarían así:
Santificación del trabajo ordinario: Es el aspecto que inicialmente se presenta de modo más notorio. En numerosas homilías y documentos escribe este aspecto básico de la iluminación, al que llama quicio[8] reiteradamente. Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas[9]. Por santificar el trabajo entiende exactamente ser realizado con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, (…) contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales —a manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei[10]. De algún modo recuerda al sacrificio deAbel que por la fe, ofreció a Dios un sacrificio más excelente que Caín, por ella fue declarado justo, con la aprobación que dio Dios a sus ofrendas[11]Y también en el ejemplo de Cristo, que se pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea[
Camino de santificación en el cumplimiento de los deberes ordinarios. Esta definición del espíritu recibido es la síntesis que aparece en millones de estampas con su figura, como parte de la oración para pedir favores a Dios por su intercesión. Es un paso más en la descripción porque amplía el foco de atención del proceso santificador a todos los deberes del cristiano, es decir ahora queda incluida la familia, las relaciones sociales y cualquier otra actividad que los hombres realizan en su vida aparte del trabajo.
Contemplativos en medio del mundo: En esta nueva definición añade a la situación ordinaria anterior en medio del mundo, la dimensión de oración continua, de que es preciso orar siempre sin desfallecer[13]. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado[14].Estando plenamente metido en su trabajo ordinario, entre los demás hombres, sus iguales, atareado, ocupado, en tensión, el cristiano ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios. (…) Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo[15], en el ruido de la calle: en todas partes[16]. Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor[17]. Esa es la primera lección, en la escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas esas cosas en su corazón ponderándolas[18]Supliquemos a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia[19].
Imitación de la vida oculta de Nuestro Señor: En esta nueva definición se añade al ambiente de oración continua en las situaciones ordinarias, la identificación con Jesucristo, modelo del cristiano, centrada en el ejemplo que nos dio durante una etapa concreta de su vida redentora. Así dice que el espíritu que ha recibido quiere llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación[20]. Toda la vida del Señor me enamora. Pero señala que tiene debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra—, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre, todo lo cumplió a la perfección[21].
Llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: ahora en la nueva definición. el ambiente contemplativo en medio de lo ordinario del mundo queda identificado a la trinidad de la tierra y aparece por vez primera la Trinidad del Cielo. Es un nuevo paso en que lo humano que hasta aquí ha sido predominante queda muy embebido en la interacción inefable que el hogar de Nazareth mantiene con la Santísima Trinidad. Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador[22].Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué modelos![23].
Estar en el mundo y en el Paraíso a la vez: aquel espíritu que vio era para que los hombres vivieran habitualmente el Paraíso en la tierra. Ahora cómo es posible mientras no llega la plenitud del Plan de Redención porque a lo divino hemos de vivir humanamente en la tierra, y mediante ese modo prepararnos para lo que un día se manifestará como plenitud. Este modo de describir aquella visión inicial solo pudo hacerlo cuando faltaban tres meses para terminar su vida. Hemos de estar –y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces– en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo[24].
En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo: Es la síntesis descriptiva final En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…[25]Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísimo. ¿Que exagero? He dicho poco. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo[26]. Sin cambiar el sentido, las últimas dos frases bien podrían unirse diciendo que en nuestros corazones, habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza, con toda su divinidad. En muchas ocasiones aconsejó pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía[27], como viriles que portan la Sagrada Forma.
Así descrita la visión que recibió San Josemaría como íntima unión del hombre con Dios es el mismo concepto que señala el Salmo 82,dioses sois[28]que anuncia el Señor a los apóstoles, vendremos a él y haremos morada[29], que siente San Pablo al decirque no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí[30]y que queda prefigurado en milagros como la transformación del agua en vino en las bodas de Caná[31]. Esta unión íntima del alma con Dios era el objetivo de la Creación del hombre, que quedó truncado por el pecado y restaurado por la inmolación en la cruz del Verbo encarnado. Por ello esta unión es la culminación de la vida espiritual cristiana cuya manifestación plena será el Reinoque pedimos al rezar el Padrenuestro[32], haciéndose la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo.
Quizá por ello San Josemaría recibió dos importantes iluminaciones complementarias, en pleno periodo de inestabilidad social española del año 1931, que asociaron para siempre al espíritu recibido el vivo deseo por la culminación del Reino de Jesucristo en la tierra y la continua y profunda percepciónde ser hijo de Dios[33] ante los hechos que la Providencia divina determina escribir en el libro de la vida.
La primera ocurrió en forma de locución, mucho más fácil de transmitir que la visión intelectual, en la significativa fiesta de la Transfiguración[34],es decir, en el día que la Iglesia celebra la unión entre Antiguo y Nuevo Testamento ocurrida en un intenso ambiente Trinitario y anticipando la promesa de transformar nuestro cuerpo mortal con la incorruptibilidad gloriosa. Ocurrió celebrando la Santa Misa (…) Mientras alzaba la Hostia, hubo otra voz, sin ruido de palabras. Una voz, como siempre, perfecta, clara: et ego si exaltatus fuero ad terra, omnia traham ad meipsum[35]. Y el concepto preciso: no es en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos[36]. Y comprendí que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas[37].
La segunda la llamó la oración más subida que nunca tuvo y ocurrió yendo en un tranvía[38] y, a continuación vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre. Sé que, sin poderlo evitar repetía: Abba, Pater! Supongo que me tomarían por loco[39]. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca[40]. Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiera revelar[41]. Aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo[42].
Con el primer suceso Nuestro Señor pone la iluminación inicial en la perspectiva histórica de del desarrollo del Plan de Redención en los siglos. El siglo XX no es como el siglo primero en que el Señor pagó el precio de nuestra dote en la Cruz y se fue a prepararnosun lugar[43], sino que ya se acerca[44] la vuelta del Esposo. El Espíritu y la esposa dicen: "¡Ven!"[45]. El Reino no puede mantenerse siempre como la más pequeña de las semillas, sino que debe, como el grano de mostaza, crecer y hacerse árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas[46]. No puede quedar siempre en la situación de levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina[47] sino que debe completar el proceso de fermentar toda la masa.
Así el Señor quiso confirmarle aquel día que el triunfo de Su Reino pasa por la encarnación de la primera iluminación que recibió en vidas de hombres y mujeres concretas. Con menor solemnidad, pero de modo claramente sobrenatural este concepto se lo recalcó en otros momentos. Así seis meses después escribe: esta mañana[48], como de costumbre, al marcharme del Convento de Santa Isabel, me acerqué un instante al Sagrario, para despedirme de Jesús diciéndole: Jesús, aquí está tu borrico… Tú verás lo que haces con tu borrico… - Y entendí inmediatamente, sin palabras: “Un borrico fue mi trono en Jerusalem”[49]. El resultado de este conjunto de sucesos fue un deseo incontenible por la llegada del Reino de Cristo y una fuerte determinación de llevarlo a cabo. Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey[50]. Estas son algunas de las invitaciones ardientes que salieron de su pluma en aquellos años:
“Regnare Christum volumus! —queremos que Cristo reine. “Deo omnis gloria! —para Dios toda la gloria. Este ideal de guerrear —y vencer— con las armas de Cristo, solamente se hará realidad por la oración y el sacrificio, por la fe y el Amor. —Pues..., ¡a orar, y a creer, y a sufrir, y a Amar![51]
Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" —Y ya ves: casi todo está apagado... ¿No te animas a propagar el incendio?[52]
Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo[53].
·Voluntad. —Energía. —Ejemplo. —Lo que hay que hacer, se hace... Sin vacilar... Sin miramientos... Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa...; ni Iñigo de Loyola, San Ignacio... ¡Dios y audacia! —"Regnare Christum volumus!"[54]
En pocas palabras así queda descrita la esencia del espíritu recibido por San Josemaría, a través de una sistematización realizada con sus propias palabras. Vista así parece que no hay espiritualidad específica, como en otras instituciones que Dios ha suscitado en la Iglesia con carisma específico sea de predicar o de contemplar, de educar o de adorar, de aislarse del mundo o de asistir a pobres, enfermos, niños, desvalidos o cautivos. El espíritu que recibe San Josemaría no es medicamento específico, sino más bien un reconstituyente genérico para la vida cristiana. Con frecuencia San Josemaría remachó que Dios le dio una espiritualidad –vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva[55] - para todos los cristianos, que entronca con el modo de vivir de los primeros cristianos. Por tanto, en sentido propio su fruto completo va más allá del desarrollo de una entidad eclesial, formada por necesidades prácticas de transmitir el mensaje. Frases como dar la vuelta al mundo como un calcetín o hacer un surco ancho y profundo en la historia de la humanidad, salieron de su pluma para dar a comprender el alcance del espíritu que había recibido.
[1] Vázquez de Prada, A. El Fundador del Opus Dei (I), pág. 293. Ed. Rialp