Los dolores del alumbramiento de una nueva época Imprimir E-Mail
escrito por Administrator   
Monday, 24 de March de 2008
        Sin que el obispo Zumárraga lo pretenda, su petición de una señal a Juan Diego la recoge la Virgen con un eco que trasciende los siglos. La Sagrada Escritura esta llena de señales divinas, desde aquel primer arco iris que Dios estableció al final del diluvio en las nubes[1]. Entre todas las señales, hay una que hace referencia especialmente al modo cómo la Virgen de Guadalupe va a imprimir su imagen en la tilma, es decir como una doncella encinta que va a dar a luz un hijo[2]. Esta es la señal por antonomasia del plan de Redención en el antiguo Testamento, que hace eco a la promesa tras la caída del hombre en el Paraíso en el protoevangelio: Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar[3]. Dios le da esta señal al rey Ajaz[4] (739-723 antes de JC) a través del profeta Isaías, anunciando el modo en que realizará su plan de Redención del hombre. Siete siglos más tarde se cumple esta señal con el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de Santa María Virgen[5].

 

           En el Apocalipsis Dios vuelve a dar la misma señal a través de San Juan. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el  tormento de dar a luz[6]. Exactamente con esos atributos se imprime la imagen de la tilma. Dos veces en la historia  y en la Sagrada Escritura, la Virgen está encinta. La primera da a luz materialmente y sin dolor. La segunda, dará a luz espiritualmente y con dolor un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro[7], para dar cumplimiento a la oración de Jesucristo: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino[8].

         Como en tiempos del rey Ajaz de Judá, en tiempos de Carlos I, coronado emperador de los cristianos por el Papa León X,  Dios da la misma señal con antelación de siglos. En tiempos de Isaías fue la señal del comienzo del plan redentor divino, en el Apocalipsis y ahora en el Tepeyac es la señal de su culminación.

         Como por el pecado (entró) la muerte y alcanzó a todos los hombres[9] por la Resurrección de Jesucristo, que es volver a la vida, se prueba que el pecado sale del mundo y que la liberación de la muerte alcanzará a todos los hombres. La prueba de que se opera la redención del pecado original es pues la Resurrección de Jesucristo porque si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados[10]. Esta verdad se la manifestó nuestro Señor a los judíos cuando para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo[11]. Jesús respondió de dos maneras ambas señalando a su Resurrección. ¡Generación malvada y adúltera! Una  señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches[12]. Y en otra ocasión que le preguntaron: «Qué señal nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré»[13].

         En el Apocalipsis  San Juan ve un  tiempo en que no habrá ya muerte,  ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el  mundo viejo ha pasado[14]. La señal de la Virgen de Guadalupe encinta anuncia la llegada de ese tiempo de cumplimiento completo del plan redentor en todos los hombres. Para mostrarlo, libera de la muerte al tío de Juan Diego, como resucitó al hijo de Don Gil de Santa María en Extremadura y como libró de la peste al pueblo romano en tiempos de San Gregorio Magno. Y para que no quede duda de que anuncia ese tiempo futuro, le manifiesta a Juan Diego su deseo de madre compasiva, (...) de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mí[15], de allí escuchar su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores[16].



[1] Génesis 9, 13
[2] Isaías 7, 14
[3] Génesis 3, 15
[4] Isaías 7, 10
[5] Lucas 1, 34
[6] Apocalipsis 12, 1-2
[7] Apocalipsis 12, 5
[8] Lucas 11, 2
[9] Romanos 5, 12
[10] 1 corintios 15, 17
[11] Lucas 11, 16
[12] Mateo 12, 38-40
[13] Juan 2, 18-19
[14] Apocalipsis 21, 4
[15] Nican Mopohua 29-31
[16] Nican Mopohua 32

Modificado el ( Monday, 14 de April de 2008 )
 
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