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Las manos de la Virgen en la
imagen de la tilma se encuentran juntas en actitud de oración. Una observación
atenta descubre en la parte exterior de su mano más visible una sombra que
dibuja perfectamente un corazón. Nada está representado en la imagen de la tilma por
casualidad. Inicialmente parece una forma de hacer más visible su Corazón Inmaculado
y su amor hacia nosotros. En nuestros tiempos, por ejemplo, es sobradamente
conocido el mensaje de Fátima en que la propia Virgen habla a los tres
pastorcitos de esta devoción-refugio, del deseo que nuestro Señor tiene de que
se difunda entre los fieles y de su importancia para nuestra salvación.
Pero
al meditar un poco más en el lugar en que aparece, en la parte externa de su
mano, que no es lugar para sostener u ofrecer un objeto parece más adecuado
interpretar la aparición de este corazón desde el punto de vista de la mano en
que se dibuja. Así se entiende que la mano tiene múltiples significados acordes
con el mensaje que hasta ahora transmite la advocación.
En primer lugar se
puede decir que ese corazón es el tercero que está en la imagen. Los dos
primeros, aunque evidentes, están ocultos: el Corazón Inmaculado de María y el
Corazón de Jesús que late en su vientre. Este tercer corazón, muy cercano al de
María en la imagen, sin duda lo está porque también lo estuvo durante su vida.
Sabemos que Dios planeó la venida al mundo del Redentor en el seno de una
familia, a imagen de la trinidad: María no es una madre soltera sino una virgen
desposada[1]. Su matrimonio
es tan necesario para la aparición del Redentor como su virginidad. Como dice
San Ildefonso de Toledo, su virginidad no fue sólo voluntad de Dios sino
también voluntad de varón. San José fue como María, esposo virginal, porque
creyó firmemente que en su matrimonio se cumplíalo que el Señor había
anunciado por el profeta que dice: “He aquí que la virgen concebirá y parirá un
hijo[2]. Y como esposo, Dios le
encomendó una aportación esencial e insustituible: la virginal transmisión de
sus derechos familiares para la formación del título del Mesías prometido mediante
el encargo de ponerle el nombre de Jesús, porque él salvará
a su pueblo de sus pecados[3].
La mano tiene un evidente significado nupcial.
En nuestro lenguaje aún llamamos petición de mano al acto previo al matrimonio
en que se conocen las familias de los contrayentes. Pero la mano es también el
primer instrumento de trabajo del hombre. San José, como María, asumió todas
las cargas materiales propias de su situación de cabeza de familia y partiendo
de un profundo amor virginal a su esposa lucho por crear el ambiente familiar en
Dios quiso que se desarrollara la mayor parte del tiempo de vida de Nuestro
Señor Jesucristo en la tierra, incluyendo aspectos tan importantes para forjar
su humanidad redentora como proporcionar una casa, medios para alimentarlo,
vestirlo y formarlo en las costumbres de su pueblo y en los conocimientos
necesarios para desempeñar un oficio material.
San José estuvo unido con todo su corazón a la
tarea en la que Dios le involucraba y que primariamente sería realizada por su
hijo Jesús y su esposa María como Corredentora. Por ello, parece lógico que así
como fue un actor insustituible en la primera venida del Redentor al mundo,
también tenga un importante papel en su segunda Venida, que marcan los tiempos
del Apocalipsis. Así pues es consecuente pensar que este tercer corazón
hace principalmente referencia a San José, que en esos tiempos estará como
siempre unido a la Mujer del Apocalipsis. Y en esos duros tiempos
sabemos que una terrible Bestia hará que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres
y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie
pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la
Bestia o con la cifra de su nombre[4]. La precisión del texto
sagrado indica en qué mano se impondrá la señal, es decir en la mano derecha.
Esta es precisamente la mano de la Virgen en la que se muestra el corazón, pues
ya mencionamos que la figura esta impresa en espejo, como se deduce a
partir de que el manto es un mapa de la posición de las estrellas en el cielo.
La aparición del tercer
corazón, ligado precisamente a la mano derecha y a la Mujer
del Apocalipsis es un símbolo inequívoco del poder que tendrá San José, para
ayudar en la pelea contra esa marca. En aquellos tiempos no tener la marca de
la Bestia supondrá la carencia de medios materiales, probablemente hasta el
punto de no poder comprar alimentos. San José será entonces el que suministre
el apoyo material, como lo hizo con nuestro Señor y como aquel otro José, tipo
suyo, en tiempos de escasez en Egipto, al que Dios puso para remediar el hambre
durante 7 años[5],
los mismos que están predichos por el profeta Daniel para el
tiempo en que manifestará su poder el Anticristo[6].
La liturgia invoca a San
José con el título de terror de los demonios, que en definitiva serán
los que soportarán a la Bestia y promoverán su marca porque «Si alguno
adora a la Bestia y a su imagen, y acepta la marca en su frente o en su mano,
tendrá que beber también del vino del furor de Dios, que está preparado, puro,
en la copa de su cólera. Será atormentado con fuego y azufre, delante de los
santos Ángeles y delante del Cordero. Y la humareda de su tormento se eleva por
los siglos de los siglos; no hay reposo, ni de día ni de noche, para los que
adoran a la Bestia y a su imagen, ni para el que acepta la marca de su nombre»[7].
Leer en el icono de
Guadalupe, es igual que hacerlo en otras obras del Cielo como es la Sagrada
Escritura. Los sentidos simbólicos aplicables a los distintos elementos “literales”
son múltiples. Así, en el corazón que aparece en la mano de la Virgen no sólo se
puede ver un símbolo de San José, sino también de Dios Padre, del que San José
fue representante en la Sagrada Familia de Nazaret. La mano, no solo tiene un
sentido nupcial sino que es un instrumento polivalente dado por Dios únicamente
al hombre entre todos los vivientes, para generar todo tipo de trabajos ideados
por su inteligencia: la mano es la extensión de la inteligencia. Así la mano es
imagen de la capacidad creadora de Dios y el corazón sobre ella imagen de la realización
de la Creación por puro Amor. En el
Apocalipsis se narra que tras la batalla con el Anticristo dijo el que
estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas[8]. La Creación
entonces será restaurada y alcanzará mayor belleza que la actual. Y este modo
divino de actuar por Amor es modelo para nuestras obras, que también deben
tener por fin último el amor hacia Dios, incluso en los duros tiempos del
Apocalipsis. Y al final, seremos juzgados por el amor que tuvimos.
Por último, la mano como instrumento para obrar recuerda que el único
consejo que recogen los evangelios dado por María a los hombres fue haced
lo que El os diga[9]. Id a
José y haced lo
que os diga[10], también fue
la indicación del faraón que convivió con aquel patriarca israelita tipo de San
José. Haremos todo
cuanto ha dicho Yahvé[11], es lo que respondieron
los israelitas a Dios en tiempos del Éxodo para establecer la Alianza. He
aquí que vengo para hacer
tu voluntad[12], fue la
actitud de Jesús al entrar en este mundo; y al consumar
su vida: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya[13]. Hágase
tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra[14], es como nos
enseñó a orar Jesús. Sin embargo, sólo diez años antes de la impresión del
icono de Guadalupe en México un fraile centroeuropeo predicaba el erróneo
planteamiento contrario: la fe sin obras es suficiente para salvarse, el
hombre no puede agradar a Dios por sus obras, comenzado la división más
importante de la Iglesia en el segundo milenio. El corazón visible en la mano
de la Virgen de Guadalupe también puede interpretarse como la mejor apología de
la ortodoxia doctrinal en aquella encrucijada de herejías en la historia.
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