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El
segundo personaje importante de la historia de Guadalupe es el obispo Fray Juan
de Zumárraga. Como muestra su apellido, no es originario de Extremadura sino
que procede de la región vascongada. Se trata del primer obispo nombrado para
Nueva España. La sede arzobispal estaba instalada en el centro de la ciudad de
México. Pertenecía a la orden franciscana que, en aquellos tiempos había dado a
la Iglesia los principales argumentos teológicos para definir entonces la
doctrina de la Inmaculada Concepción como doctrina segura. Su orden religiosa era
la que más defendía la proclamación de este Dogma mariano. La imagen de la Virgen en la tilma será una
Inmaculada. Al igual que en el caso de Juan Diego, su fisonomía queda plasmada
en los ojos de la Virgen en la tilma.
Su
actitud, ante la narración de Juan Diego es de incredulidad vestida de
prudencia. Y el gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le
investigó, para poder cerciorarse, dónde le había visto, cómo era Ella (...) Y
aunque todo absolutamente se lo declaró, dijo que no sólo por su palabra, su
petición se haría, se realizaría lo que él pedía[1]. En consecuencia toma
dos decisiones: A Juan Diego le pide una señal de la Virgen y, simultáneamente
sin que él lo sepa, les manda a algunos de los de su casa en los que tenía
absoluta confianza, que lo vinieran siguiendo, que bien lo observaran a dónde
iba, a quién veía, con quién hablaba[2]. Las dos cosas
solo servirán para certificar la veracidad de la aparición.
En
el fondo, no extraña esta incredulidad ante la sencillez de los hechos divinos
ya que históricamente ha afectado con frecuencia a sabios y sacerdotes. Los
Evangelios narran al menos tres casos. En el primero son los mismos guardias
enviados a prender a Jesús los que creen, mientras que sus jefes no.Los fariseos les
respondieron: ¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en
él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son
unos malditos[3].Y ni siquiera están
dispuestos a escuchar a uno de su mismo nivel social y científico. Les
dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde
Jesús: ¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber
lo que hace? Ellos le respondieron: ¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás
que de Galilea no sale ningún profeta[4]. La incredulidad no atiende a razones. Unos
meses antes, en la fiesta de la Dedicación le rodearon los judíos, y le
decían: ¿Hasta cuándo vas tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo
abiertamente. Jesús les respondió: Ya os lo he dicho, pero no me creéis[5].
No obstante el caso de
incredulidad más llamativo es el de la más alta jerarquía religiosa de Israel
cuando ante todo el Sanedrín en pleno juicio en la fiesta de la Pascua, con
toda solemnidad le dijo: Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios. Dícele Jesús: Sí, tú lo has dicho. Y yo os
declaro que a partir de ahora veréis "al Hijo del Hombre sentado a la diestra
del Poder y venir sobre las nubes del cielo". Acababa de citar el Señor
la visión del profeta Daniel que bien conocían todos los presentes cómo
continuaba: A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca
pasará, y su reino no será destruido jamás[6]. La opción
antes de creer que tenía delante al Mesías fue condenarlo a muerte.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué
necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia[7]. De aquella
gran incredulidad se ha derivado la historia de los judíos y de los cristianos
en los siguientes 2000 años.
[1] Nican
Mopohua 74-75
[2] Nican
Mopohua 82
[3] Juan
7, 47-48
[4] Juan
7, 49-52
[5] Juan
10, 24-25
[6]
Daniel 7, 13-14
[7] Mateo
26, 63-65
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