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El mensaje de la Virgen de Guadalupe en México se
transmite a lo largo de la historia a través de modos variados que lo van
completando. A Juan Diego y los indios del siglo XVI les habló en su lengua,
que no solo era el nahuatl sino también el simbolismo que ellos
atribuían a los dibujos de su túnica, a su actitud humilde, a los adornos y
complementos de su atuendo, al color de su manto, al testimonio de los
contemporáneos,… No se olvide que los indios no tuvieron alfabeto hasta que los
misioneros transcribieron los sonidos de su lengua, y como su escritura era de
tipo jeroglífico, al modo egipcio, estaban más entrenados en interpretar
símbolos visuales.
A los hombres del siglo XX, incrédulos y científicos,
les mostró que la tradición recibida de hombres de cultura mucho más primitiva
era cierta y de verdades imperecederas, a través de signos inusuales como la
permanencia del pobre tejido vegetal que actúa de soporte para su imagen. Pero
además, a estos hombres más modernos les permitió utilizar la lengua de su
alta tecnología, que desconocían los anteriores, y encontrar con ellos nuevos
elementos en su figura, que completan su mensaje y les habla para su tiempo.
Así, al poner la imagen de la tilma bajo el
análisis de escaners y espectrógrafos se observaron contenidos que, estando
presentes, no pudieron ser conocidos, ni interpretados en siglos anteriores. Es
evidente que esa parte del mensaje que traía la Virgen de Guadalupe era para el
siglo XX. La posición de las estrellas del manto, la composición de los
diversos tipos de elementos de la pintura o la existencia de diminutas figuras
en las pupilas de sus ojos son algunos de estos ejemplos, que contienen
significados complementarios del mensaje inicial.
Esta es exactamente
la señal de presencia del Espíritu Santo específica del día de Pentecostés que
da la Sagrada Escritura. Estupefactos y admirados decían: «¿Es que no son
galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les
oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de
Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la
parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos,
cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de
Dios.»[1]
Estas
características peculiares de la manifestación de la Virgen de Guadalupe en
México permiten que se pueda decir que el tiempo de la aparición se extiende realmente
a través de los siglos no solo porque perdure la figura milagrosamente impresa
en el ayate, sino porque continúa hablándo. El mensaje de la manifestación se
particulariza en cada época por este modo de hablar a través de nuevos
descubrimientos que contienen sentidos especialmente adecuado para las
necesidades del momento. Esta propiedad autentifica el origen sobrenatural de
la aparición porque concuerda con el modo de hablar siempre actual de Dios en
la Sagrada Escritura y muestra una presencia siempre viva, fresca y palpitante.
En
realidad, como el conjunto de los hechos de la manifestación de Guadalupe es un
mensaje progresivamente completado, se concluye que el mejor tiempo para
entender el mensaje de su aparición es nuestra época, porque es la última o más
reciente. No significa que seamos mas inteligentes que nuestros antecesores,
pero si conocemos más elementos del mensaje que la Virgen ha transmitido a
través del tiempo y por eso, como enanos que nos subimos sobre las espaldas de
gigantes anteriores, alcanzamos a ver más lejos.
Pero
nuestra época en general es también mi época en particular. Este cambio de
plano es especialmente propio de la aparición de Guadalupe porque es la primera
en la historia que mantiene un diálogo personal con el vidente. Y por el modo
peculiar de ocurrir aquellos hechos, aún hoy día al estar delante de la figura
impresa en la tilma todos seguimos viendo lo mismo que San Juan Diego, y por
tanto podemos decir que todos somos videntes. En consecuencia, aquella
conversación que mantuvieron sigue viva y actual para quién la mira y sólo es
el principio de cualquier otra charla personal e intransferible. Escucha, chiquitín, hijo mío. ¿A dónde vas,
a dónde te diriges?[2] (...) Escucha, ponlo en tu corazón,
chiquitín hijo mío, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no
se perturbe tu rostro ni tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra
enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre?
¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No
estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de
alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te
apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora.
Ten por cierto que ya está bueno[3].
Así
pues, la Virgen de Guadalupe no solo tiene un mensaje para el conjunto de la
sociedad de cada época histórica, sino que análogamente lo tiene para cada
persona en su actual circunstancia, y lo transmite primariamente a través del
diálogo en presencia de su imagen.
Por
otra parte, el hecho de que la Virgen de Guadalupe en México transforme la
figura que hasta entonces soportaba el nombre de su advocación en otra
concordante con la descripción de la Mujer del Apocalipsis, permite pensar que tras
la inmediatez literal de deseos y mandatos a cada hombre y a cada tiempo, se esconde
además otro sentido profundo, complementario y profético, que mira hacia tiempos
futuros. Este modo de obrar de Dios es frecuente en la historia. Así, por
ejemplo, San Pablo explica que lo que ocurrió en tiempos del Éxodo a los
israelitas les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que
hemos llegado a la plenitud de los tiempos[4]. O, por
ejemplo, nuestro Señor en su Última Cena[5],
advierte que la profecía de Daniel, sobre la abominación de la desolación[6], tiene más de
un momento de cumplimiento en la historia. El primero anterior a Él, cuando el
rey Antíoco profanó el templo de Jerusalén en el año 167 a. de JC., pero habrá otro
segundo, que todavía no se ha cumplido.
Como
ya hemos visto, los progresivos descubrimientos sobre la tilma de Guadalupe, permiten
entender cada día mejor el contenido del mensaje original. Esta es una característica
también propia del lenguaje profético: con el paso del tiempo las profecías se
entienden mejor, porque cuanto más cercano está su cumplimiento, las
circunstancias históricas se ajustan más a las señales profetizadas y por tanto
se puede comprender mejor su significado y la cercanía de su cumplimiento. La
profecía a la que nos dirige el mensaje de la Virgen de Guadalupe es la
profecía del Apocalipsis, la profecía relativa a los últimos tiempos, por ello
probablemente los hombres que entenderán mejor el mensaje de la Virgen de
Guadalupe serán aquellos que vivan en los últimos tiempos.
Es
muy probable que todavía se realicen nuevos descubrimientos sobre la tilma. En
cualquier caso para conocer mejor e interpretar el mensaje completo de la
Virgen de Guadalupe será necesario utilizar claves de las tres épocas de su
manifestación y tratarlas conjuntamente. Por ello, para desentrañar el mensaje
de amor divino contenido en la tilma y los hechos que narra el Nicán, me
he extendido también en la historia anterior de la advocación. En el siguiente
apartado aplicaremos estos criterios para entender el encargo-petición que hace
la Virgen a Juan Diego y que entiendo es la finalidad última de su aparición.
En su conocimiento profundo pienso que reside la verdadera Sabiduría o río
de luz que nuestra Madre quiso asociar a esta especialísima manifestación
extraordinaria, fruto de su continuada intercesión por todo el género humano
ante el trono de Dios.
[1]
Hechos 2, 7-11
[2]
Nican
Mopohua n. 23 y 107
[3]
Nican
Mopohua 118-120
[4]
1
Corintios 10, 11
[5]
Mateo
24, 15
[6]
Daniel 11, 31 y 9, 27
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