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El cerro Tepeyac
respecto a Tlatilolco está hacia el Noreste. Al igual que en España, la Virgen
escoge como lugar de su aparición uno cuyo nombre se relaciona con la luz.
Tepeyac significa cerro del Lucero y no la nariz del cerro como
algunos indigenistas han propuesto, que tendría un sentido reduplicativo. En
efecto, durante algunos meses de ciertos años, visto desde Tlatilolco (antigua ciudad) por esta zona del cielo el
planeta Venus, estrella de la mañana, se adelanta a la salida del sol.
En Extremadura el
arroyo que vierte al río Guadalupejo justo antes del lugar en que aparece la
talla de la Virgen es el Arroyo del Águila quizás haciendo mención a San Juan
que escribió el Apocalipsis. En México, el apellido de Juan Diego significa el
águila que habla. La referencia al Apocalipsis es doble, en el nombre
cristiano y azteca, del instrumento mexicano.
En ocasiones se ha
especulado acerca de que la existencia de un templo en la base del Tepeyac muy
anterior en el tiempo, para dar culto a la diosa Tonatzin, cuyo perfil era el de
madre buena. Sin embargo, la arqueología no ha encontrado allí restos de ningún
templo azteca. La Virgen de Guadalupe no suplanta a ninguna diosa azteca, ni es
la cristianización de un culto indígena anterior. Ella se apareció a un
indígena ya bautizado, grupo que en aquel momento era aún una exigua minoría en
su sociedad y el entronque de su culto tiene una historia mucho más antigua y precisa,
que ya hemos descrito en este libro, en las lejanas tierras desconocidas para
los indios de España, Roma, Bizancio y Jerusalén.
La disposición geométrica de las estrellas explicada
en otra página con más detalle, tiene como
consecuencia inmediata la posibilidad de fijar la posición de los cuatro puntos
cardinales en el momento en que se estampó la imagen ante el Obispo. Así pues
se comprueba que la cabeza de la Virgen estaba del lado del oriente en aquel
momento. El relato de la primera aparición a Juan Diego cuenta que también en
esa dirección venía la Virgen a su encuentro. Hacia allá estaba
viendo, arriba del cerrillo, del lado de donde sale el sol, de donde procedía
el precioso canto celestial[1].
Este reiterado
señalar hacia el lugar por donde sale el sol, indicando que Ella llega desde
ese punto cardinal, e incluso presentándose al amanecer en la primera y cuarta
aparición[2] la une al anuncio de una
pronta aparición del Sol divino que es
su divino Hijo. Así ocurre una primera vez con la
masiva conversión al Dios verdadero de
los aztecas, llegándose a contabilizar más de 9 millones de bautizos en los 4
años siguientes. Las crónicas narran que los presentes hacia el final de la
jornada debían ayudar a los sacerdotes a levantar los brazos para terminar el
rito del Bautismo. Conversiones verdaderas del fondo del corazón y del modo de
vida, que incluían un drástico abandono de costumbres ancestrales, como la
poligamia.
Pero la Virgen
también muestra otra llegada del Sol divino mediante el hecho de plasmarse en
la imagen de una mujer encinta que es uno más de los múltiples elementos en su
imagen que la presentan como la Mujer del Apocalipsis. Por tanto, la
manifestación de la Virgen de Guadalupe y su anuncio de una próxima llegada del
Señor contiene una referencia a dos épocas históricas distintas: la inmediata de
la conversión de los pueblos indígenas de América y otra posterior que señala a
la época del Apocalipsis, en que sabemos ocurrirá la aparición del Señor que
vencerá a la Bestia y al Falso Profeta.
Además, la
reiteración sobre la orientación también puede interpretarse como indicación hacia
los lugares de origen de la advocación, pues tanto España como Tierra Santa
están hacia el oriente de México.
El
lugar geográfico que la Virgen escoge para encontrar a Juan Diego es una
pequeña elevación del terreno cercana a uno de los caminos ordinarios que
frecuentaba. La elevación topográfica siempre ha sido figura de lo espiritual y
lo sagrado. En multitud de culturas los santuarios y lugares de adoración se
han construido en cumbres de montañas y colinas. Pero la Virgen, aunque se
muestra en lo alto, pide que la construcción de su templo se realice al pié en
la llanura, al lado del camino que frecuentan los hombres, como señal de
cercanía a sus hijos, de salir al encuentro de ellos en su caminar ordinario.
El templo que va a pedir aunque refleja la importancia de la divinidad, tiene
profundos rasgos nuevos de proximidad al hombre, que analizamos en otra página.
El cerrito
del Tepeyac aparece transformado durante las apariciones de la Virgen. Lo que
era de natural un sitio donde sólo
abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales, mezquites, y si acaso algunas
hierbecillas se solían dar, que
por añadidura en aquel momento era el mes de Diciembre, en que todo lo come,
lo destruye el hielo[3] y por tanto nada
especial ni bonito, con su llegada la Virgen lo convierte en el paraíso[4]. La tierra como que
relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla. Y los mezquites y
nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como
esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus
aguates, relucían como el oro[5]. En efecto, con la
Virgen el Paraíso baja a la tierra como precisa el Apocalipsis: me mostró
la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo (...) Su resplandor era como
el de una piedra muy preciosa[6] y la ciudad es de oro
puro[7].
En
la conversación con Juan Diego hay una referencia indirecta constante hacia esa
tierra nueva[8] en
que algún día Dios pondrá su morada entre ellos (...) y enjugará
toda lágrima de sus ojos[9] pues así es como
describe lo que hará Ella en el templo que pide construir: escucharé su
llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus
miserias, sus dolores[10]. Se podría decir
que la Virgen mantiene constantemente en su manifestación de México una doble
referencia temporal a través de una única conversación. La primera es a un
tiempo inmediato, pero hay una segunda que siempre hace eco en los tiempos del
Apocalipsis.
En
la cuarta aparición, aunque Juan Diego encuentra a la Virgen abajo del cerro
porque decide rodearlo para evitar su encuentro, no es allí donde están las
flores, donde está el paraíso, así
que la Virgen le dice: Sube, hijo mío el menor, a la cumbre del cerrillo, a
donde me viste y te di órdenes. Allí verás que hay variadas flores: Córtalas,
reúnelas, ponlas todas juntas; luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia[11]. Aquella cumbre la
describió Juan Diego como el paraíso[12]. Dicho en otras
palabras: la prueba que solicita el Obispo se la envían desde el Paraíso.
Cuando la abren, se llevan la sorpresa de que la señal es la misma Virgen. Este
desarrollo de la historia, junto a su trascendencia, tiene un punto de juego
divino, casi se diría de simpática broma, propia de la travesura de una madre
ingeniosa con sus pequeños hijos.
Pero tras
el momento de guasa hay un serio recado del Paraíso en forma de imagen
de una Virgen encinta, la misma señal de Isaías[13] pero
trasladada al Nuevo Testamento. El mensaje, para no caer en anacronismos
históricos, ya no hace referencia a la primera venida del Mesías, sino que se
dirige hacia los inmediatos del florecer del cristianismo en aquellas tierras y
a tiempos futuros de la segunda Venida del Mesías, el segundo alumbramiento
con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz[14], de los
tiempos del Apocalipsis. Dolores de un parto que ya solo puede ser espiritual,
por el que el Sol divino alumbrará de un modo más perfecto y definitivo el
corazón de los hombres.
[1] Nican
Mopohua 11
[2]
Nican
Mopohua 7 y 99
[3]
Nican
Mopohua 132-133
[4]
Nican
Mopohua 176
[5]
Nican
Mopohua 20-21
[6]
Apocalipsis 21, 10-11
[7]
Apocalipsis 21, 18
[8]
Apocalipsis 21, 1
[9]
Apocalipsis 21, 3-4
[10]
Nican Mopohua 32
[11]
Nican Mopohua 125-126
[12]
Nican Mopohua 176
[13]
Isaías 7, 14
[14]
Apocalipsis 12, 2
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