El tiempo de la aparición en México Imprimir E-Mail
escrito por Administrator   
Saturday, 22 de March de 2008

interior_templo_azteca.jpgLa civilización que encontraron los españoles en los territorios de América Central estaba sumamente atrasada respecto a la europea y carecía de numerosos elementos culturales y técnicos comunes ya entonces en el viejo continente.  La mayor parte de la población indígena vivía semidesnuda o vestían rudimentariamente. Su alimentación era pobre, fruto de una agricultura poco variada y el desconocimiento del ganado doméstico. Maíz, frijoles, chile, hierbas y raíces silvestres constituían sus principales elementos nutritivos. Los colonizadores introdujeron los árboles frutales y cítricos, el coco, la caña de azúcar, cereales como el trigo y la cebada. Con el ganado vacuno y ovino conocieron la leche, la lana y el cuero. Desconocían los caballos por lo que inicialmente pensaron que formaban un todo con su jinete.

  Desde el punto de vista tecnológico no conocían la rueda y consecuentemente todas sus construcciones requerían un extraordinario esfuerzo humano, al modo de los egipcios 3500 años antes. Su escritura, como los pueblos primitivos, era jeroglífica y sus tradiciones e historia se han preservado gracias a la trascripción alfabética del idioma hablado que introdujeron los primeros misioneros, con el fin de evangelizarles. No se conocen obras literarias de esa civilización. Por el contrario, eran altamente supersticiosos y su religión, de marcado carácter diabólico, les llevaba a conocer con gran precisión el movimiento de los astros. Mantenían regularmente épocas de guerra en el año con los pueblos colindantes, con el fin de tener suficientes prisioneros, para ofrecerlos en sus sacrificios rituales constantes. Creían que el sol no saldría al día siguiente si cada atardecer no ofrecía al menos un sacrificio humano en el templo principal. El canibalismo, la sodomía y la poligamia eran costumbres frecuentes en ellos. La media de sacrificios humanos anuales era cercana a 20.000 pero con ocasión de sus fiestas incrementaban el número de inmolaciones rituales hasta el punto que el ascenso de un nuevo monarca al trono en 1486 supuso el ofrecimiento de 28.000 personas en tan solo cuatro días: un sacrificio cada 12 segundos. La técnica que habían desarrollado los sacerdotes para extraer el corazón con un cuchillo de obsidiana era rápida. Cuatro sacerdotes sujetaban las extremidades de la víctima sobre la piedra del altar, mientras el quinto ejecutaba con celeridad la cruel operación. Era frecuente que los españoles vomitaran al acercarse a sus templos durante los periodos en que convivieron con los aztecas al principio del proceso de la conquista. La perversión de aquella cultura demoníaca llegaba al extremo de hacerles pensar que los sacrificados eran los afortunados y privilegiados puesto que el sacrificio los divinizaba, los convertía en compañeros del sol[1].

Mexico_s_XVI.jpg


    La ciudad de México era la más poblada de los aztecas y probablemente del mundo de la época, con unos 300.000 habitantes. Geográficamente se situaba en el centro de la altiplanicie interior de 3.000 metros de altura media, rodeada de varios volcanes. Estaba edificada en el interior de una laguna, siguiendo patrones rectilíneos que admiraron los primeros españoles y llegaron a pensar inicialmente si sería alguna de las ciudades de los mitos literarios. Solo se podía acceder a ella a través de varios caminos rectos que la unían con la tierra firme.

  El lugar geográfico lo habían escogido 400 años antes, cuando los aztecas dejaron de ser un pueblo nómada. Según la tradición, sus ídolos ordenaron al sacerdote principal ponerse en camino para establecerse en el lugar que les indicaría con la señal de un águila sobre un nopal. Durante 40 años caminaron transportando al ídolo sobre unas parihuelas llevadas a hombros de sacerdotes. El paralelismo con el Éxodo del pueblo hebreo y el Arca de la Alianza es evidente. Entre sus historias proféticas figuraba la de que un día vendrían por el Oriente hombres de tez clara y barba blanca que les cambiarían su modo de vida y tradiciones. Probablemente por eso la historia de la conquista por Hernán Cortés tuvo periodos de convivencia extraños entre españoles y aztecas, hasta que se desarrollaron los episodios bélicos determinantes en 1521.
 

Mexico_1531.jpg

  Los españoles abolieron los ritos de la religión azteca y aprovecharon la disposición urbanística básica de la ciudad para establecer los principales edificios civiles y religiosos del nuevo orden social. Inmediatamente comenzaron la tarea de evangelizar a los indígenas apoyados por 12 frailes de la orden franciscana. La tarea era ingente, las dificultades obvias y los frutos iniciales muy escasos. Las conversiones al cristianismo, de acuerdo con las leyes establecidas por Isabel la Católica, no podían imponerse por la fuerza y se debían respetar los derechos de los indios, que eran considerados hijos de Dios, con las mismas prerrogativas que cualquier otro súbdito del Rey. De manera clandestina los indios seguían practicando sus antiguos ritos aztecas y sacrificios humanos. Al poco tiempo llegó el primer Obispo de la ciudad, D. Juan de Zumárraga, procedente del país vasco, que pertenecía a la orden franciscana.

  En este punto, aconsejo al que aún no conozca el relato del Nican Mopohua (Aquí se narra) sobre la aparición de la Virgen en México que lo haga ahora, de modo que pueda comprender adecuadamente el sentido de los comentarios que se hacen a partir de ahora.  Este documento, escrito en el idioma nativo nauhatl, siempre ha sido considerado como la narración más fidedigna de los hechos milagrosos que conforman la aparición de la Virgen de Guadalupe. Constituye un complemento informativo indispensable para entender el mensaje de la aparición, que aún hoy podemos ver estampada sobre el mismo material que la vieron los indios hace casi 500 años.

Mexico_laguna_1531.jpg
  Reconstrucción de la ciudad de México y su entorno hacia 1531 formada por la unión de dos barrios: Tenoctitlan (Sur) y Tlatelolco (Norte). Las colinas de la izquierda (Norte), de las que parte una calzada rectilínea hacia la ciudad, son el lugar de las apariciones (Tepeyac)

  Los datos temporales del conjunto de las apariciones de la Virgen a Juan Diego no son aleatorios y sin significado. Respecto a la época, habían pasado ya diez años desde que terminó la conquista y desde que Europa estuviera convulsionada por el comienzo del gran cisma de Lutero y los protestantes. Como en el tiempo de la llegada de la talla de la Virgen a España a finales del siglo VI, tras la conversión de Recaredo en el año 588, también hacía poco tiempo que se habían establecido condiciones sociales diferentes de las anteriores para los habitantes indígenas de nueva España. Se había instaurado la paz y comenzaba un periodo que permitía el desarrollo del catolicismo. Era momento en que ya verdece, ya abre su corola la fe, el conocimiento de Aquel por quien se vive: el Verdadero Dios[2]. Las dos manifestaciones de la Virgen de Guadalupe ocurrieron en España y México en el momento adecuado para ayudar al desarrollo de nuevas épocas de evangelización y construcción de una sociedad católica. 

El día de la primera aparición a Juan Diego, el calendario juliano que regía desde tiempos del emperador romano Julio César, marcaba el 9 de diciembre de 1531, diez fechas menos que el día astronómico correcto. Por el contrario, en el preciso calendario de los indios, tan solo quedaban 4 días para el equinoccio de invierno, con el que comenzaba su nuevo año. Pero aquel comienzo de año no era uno más para los aztecas sino también el comienzo de un nuevo ciclo supra-anual de cincuenta y dos años. El sentido de estos ciclos era semejante al jubileo del calendario de los hebreos en el Antiguo Testamento, es decir, se abría una nueva época en la que se hacía borrón y cuenta nueva de contratos y cargas sociales que debían ser renovados entonces o liberados. Es decir, aquellas fechas suponían para los aztecas la apertura de nuevas expectativas en lo social. La Virgen escoge para su manifestación este momento buscando ese profundo significado jubilar de redención y de cambio a una nueva época.

En el hemisferio norte el equinoccio de invierno marca el comienzo de la estación invernal. Son fechas en las que el frío y el hielo se hacen sentir en la naturaleza, porque es el momento en que este hemisferio alcanza su mayor distancia respecto al Sol y recibe, por la inclinación del eje de la Tierra, la menor cantidad de luz y calor del año. Desde luego, no son fechas de encontrar flores. Espiritualmente la Virgen escoge este momento del año, árido y frío, para hacer notar simbólicamente su deseo de iluminar y caldear los corazones de los hombres cuando están yermos y estériles por su alejamiento de Dios. Esto era especialmente conveniente para aquellas almas que llevaban siglos sujetas a las ataduras de una religión construida sobre ritos satánicos, que alcanzaban su paroxismo en los abundantes sacrificios humanos ejecutados sin piedad, hasta el punto de que las víctimas llegaban a la alienación de considerar a su asesino como el mayor benefactor.

Pero también en aquellas fechas, desde el punto de vista de los 2000 años de cristianismo, comenzaba la última de cuatro partes aproximadamente iguales en que se puede dividir el tiempo desde que Jesucristo vino al mundo. Son los últimos cinco siglos en los que la pérdida de los valores cristianos en la civilización occidental ha sido progresiva hasta el día de hoy: podríamos decir que entonces comenzaba el invierno de la era cristiana. Pero si esto es cierto, también lo sería el que ahora nos acercamos al surgimiento de una nueva primavera, probablemente la que se anuncia en los capítulos finales del Apocalipsis: nuevo cielo y nueva tierra[3].

 

Mexico_laguna_hoy.jpg
   

El día en que comenzó el ciclo de las cuatro apariciones a Juan Diego y una a su tío Juan Bernardino era sábado, día tradicionalmente dedicado a la Virgen. La hora era al final de la noche, de aquella particular noche pero también de la larga noche de siglos que los aztecas habían estado esclavizados por la tiranía de una religión diabólica. Aquel día además era luna nueva, es decir, la oscuridad de la noche era total. Juan Diego había madrugado para ir a Tlatelolco y cuando pasaba por el Tepeyac ya era el momento del alba, ya amanecía[4]. Como estrella de la mañana que anuncia la llegada del Sol, la Virgen escoge la primera hora del día para aparecerse y realizar su manifestación, para alumbrar aquel día que iba a marcar el comienzo de una nueva época para su sociedad y para sus almas. 

Pero la Virgen quiere mostrarse en multitud de rasgos de su aparición como la Mujer descrita en el Apocalipsis. A través de esos rasgos, quería también hacer ver a los hijos suyos que conocían la fe hacía siglos, que su mensaje no solo apuntaba a aquel momento, sino hacia la nueva época de la historia que se abrirá cuando se cumplan los acontecimientos que narra ese libro profético de la Sagrada Escritura.

Tan importante resulta aquel día y hora de su aparición que en la imagen de la tilma de San Juan Diego, impresa ante los ojos atónitos del Obispo y sus acompañantes y visible casi cinco siglos después, quedará reproducida la posición de las estrellas en ese lugar, día y hora, configurándose en el manto según una proyección orto-anamórfica de la bóveda celeste. A partir de 1982, diversos estudios de astronómicos[5] han mostrado que su disposición en la imagen no es aleatoria, sino que responde a la posición de las principales constelaciones el 12 de diciembre de 1531 hacia las 10:40 a.m. hora local, para las coordenadas de Ciudad de México. El hallazgo se hizo con la colaboración del Observatorio Astronómico Laplace de la Ciudad de México  apoyados en las posibilidades que ofrecen los ordenadores de finales del siglo XX.  En otra página de este sitio volveré sobre las estrellas del manto para extraer nuevas consecuencias del evidente deseo de la Virgen de quedar impresa su figura unida al día y hora de su manifestación.

Cuando se buscó este efecto en más de 150 copias de los siglos XVII y XVIII, no se encontró ninguna en la que se situaran correctamente las estrellas para que se pudieran reconocer las constelaciones que se ven en el original. Los estudios detallados de infrarrojos y rayos X efectuados sobre la tilma en 1975 mostraron que algunas zonas de la pintura original están realizadas con materiales conocidos, que incluso han sufrido un cierto deterioro con el tiempo: los rayos de sol, las estrellas, el ángel, la luna, el moño del ceñidor, los dibujos de la túnica,... De aquí algunos concluyeron apresuradamente que estos elementos eran retoques realizados en época temprana sobre la primitiva imagen estampada de manera milagrosa, realizados quizás por algún autor piadoso de gusto europeo aunque desconocido. Los añadidos, según esta aventurada hipótesis, debieron realizarse muy poco después de la fecha de aparición, antes de la composición del[6] Nican Mopohua en 1548, puesto que la descripción de la imagen que en él se hace ya incluye estos elementos. La teórica finalidad de los retoques, podría haber sido adecuar la primitiva imagen al gusto gótico del momento que imperaba en Europa.  Sin embargo, trascurridos pocos años de formular esta hipótesis, a la que le faltaba un autor conocido, los resultados del estudio de la posición de las estrellas vinieron a resolver indirectamente la polémica. Efectivamente, como comprobó el análisis de las copias de la imagen, ningún autor humano calibró entonces o en los siglos siguientes la posición precisa de las estrellas y su asociado reloj astronómico que fijaba puntualmente el momento de la milagrosa estampación.

Por tanto, la disposición precisa de las estrellas nos devuelve a la línea básica de interpretación que seguimos en este libro, es decir, valorar primariamente los hechos señalados en la tradición, por encima de desajustes menores que ciertos estudios pueden plantear en un momento concreto. Este ejemplo reafirma la realización de un único autor para toda la imagen, el divino, en un único momento de estampación, el solsticio de invierno narrado por el Nican, con la utilización de dos tipos de materiales para plasmar la imagen: unos conocidos y caducos y otros desconocidos y permanentes. Esto encaja con el concepto de asociar lo humano y lo divino que Dios quiere para conseguir el progreso de la vida espiritual del cristiano y que subyace en todo el fondo del mensaje de Guadalupe, desde el mismo momento en que imprime la imagen milagrosa sobre el sustrato tosco y caduco de la fibra de magüey. Dios se complace tanto en usar material de esta tierra como base en la que se presentar su obra como para mostrar algunos adornos que completan aquella figura celestial. Lo mismo sucedió en muchos milagros del evangelio como en la conversión milagrosa del agua en vino en las bodas de Caná[7], en la multiplicación de los panes y los peces[8] y especialmente en la institución de la Eucaristía[9].

Mexico_1531_Sur_Norte.jpg

[1] GUERRERO ROSADO José Luis, Los dos mundos de un indio santo, Ed. Cimiento, México, 1991, pág. 58
[2]
Nican Mopohua 2
[3]
Apocalipsis 21, 1
[4]
Nican Mopohua 7
[5]
Hernández, J; Rojas, M; Salazar E (1995) La Virgen de Guadalupe y las estrellas del manto. 101 pags. México
[6]
Callagan, P.; Smith, J. (1979) La tilma de Juan Diego: ¿técnica o milagro?
[7]
Juan 2, 1-11
[8]
Mateo 14, 17
[9]
Mateo 26, 28

Modificado el ( Sunday, 20 de April de 2008 )
 
Siguiente >

Encuesta

¿Ha vistado el Santuario de México?
 

Destacamos

Últimos Visitantes

Locations of visitors to this page

Ahora nos visitan

Recibir novedades

Recomienda este web

e-mail de su amigo (*)


RocketTheme Joomla Templates