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La civilización que encontraron los españoles
en los territorios de América Central estaba sumamente atrasada respecto a la
europea y carecía de numerosos elementos culturales y técnicos comunes ya entonces
en el viejo continente. La
mayor parte de la población indígena vivía semidesnuda o vestían
rudimentariamente. Su alimentación era pobre, fruto de una agricultura poco variada
y el desconocimiento del ganado doméstico. Maíz, frijoles, chile, hierbas y
raíces silvestres constituían sus principales elementos nutritivos. Los
colonizadores introdujeron los árboles frutales y cítricos, el coco, la caña de
azúcar, cereales como el trigo y la cebada. Con el ganado vacuno y ovino
conocieron la leche, la lana y el cuero. Desconocían los caballos por lo que
inicialmente pensaron que formaban un todo con su jinete.
Desde el punto de
vista tecnológico no conocían la rueda y consecuentemente todas sus
construcciones requerían un extraordinario esfuerzo humano, al modo de los
egipcios 3500 años antes. Su escritura, como los pueblos primitivos, era
jeroglífica y sus tradiciones e historia se han preservado gracias a la trascripción
alfabética del idioma hablado que introdujeron los primeros misioneros, con el
fin de evangelizarles. No se conocen obras literarias de esa civilización. Por
el contrario, eran altamente supersticiosos y su religión, de marcado carácter
diabólico, les llevaba a conocer con gran precisión el movimiento de los
astros. Mantenían regularmente épocas de guerra en el año con los pueblos
colindantes, con el fin de tener suficientes prisioneros, para ofrecerlos en
sus sacrificios rituales constantes. Creían que el sol no saldría al día
siguiente si cada atardecer no ofrecía al menos un sacrificio humano en el
templo principal. El canibalismo, la sodomía y la poligamia eran costumbres
frecuentes en ellos. La media de sacrificios humanos anuales era cercana a
20.000 pero con ocasión de sus fiestas incrementaban el número de inmolaciones
rituales hasta el punto que el ascenso de un nuevo monarca al trono en 1486
supuso el ofrecimiento de 28.000 personas en tan solo cuatro días:
un sacrificio cada 12 segundos. La técnica que habían desarrollado los
sacerdotes para extraer el corazón con un cuchillo de obsidiana era rápida.
Cuatro sacerdotes sujetaban las extremidades de la víctima sobre la piedra del
altar, mientras el quinto ejecutaba con celeridad la cruel operación. Era frecuente
que los españoles vomitaran al acercarse a sus templos durante los periodos en
que convivieron con los aztecas al principio del proceso de la conquista. La
perversión de aquella cultura demoníaca llegaba al extremo de hacerles pensar
que los sacrificados eran los afortunados y privilegiados puesto que el
sacrificio los divinizaba, los convertía en compañeros del sol[1].
La ciudad de México era la más poblada
de los aztecas y probablemente del mundo de la época, con unos 300.000
habitantes. Geográficamente se situaba en el centro de la altiplanicie interior
de 3.000 metros de altura media, rodeada de varios volcanes. Estaba edificada
en el interior de una laguna, siguiendo patrones rectilíneos que admiraron los
primeros españoles y llegaron a pensar inicialmente si sería alguna de las
ciudades de los mitos literarios. Solo se podía acceder a ella a través de varios
caminos rectos que la unían con la tierra firme.
El lugar geográfico lo habían escogido
400 años antes, cuando los aztecas dejaron de ser un pueblo nómada. Según la
tradición, sus ídolos ordenaron al sacerdote principal ponerse en camino para
establecerse en el lugar que les indicaría con la señal de un águila sobre un
nopal. Durante 40 años caminaron transportando al ídolo sobre unas parihuelas
llevadas a hombros de sacerdotes. El paralelismo con el Éxodo del pueblo hebreo
y el Arca de la Alianza es evidente. Entre sus historias proféticas figuraba la
de que un día vendrían por el Oriente hombres de tez clara y barba blanca que
les cambiarían su modo de vida y tradiciones. Probablemente por eso la historia
de la conquista por Hernán Cortés tuvo periodos de convivencia extraños entre
españoles y aztecas, hasta que se desarrollaron los episodios bélicos
determinantes en 1521.
Los españoles abolieron
los ritos de la religión azteca y aprovecharon la disposición urbanística
básica de la ciudad para establecer los principales edificios civiles y
religiosos del nuevo orden social. Inmediatamente comenzaron la tarea de
evangelizar a los indígenas apoyados por 12 frailes de la orden franciscana. La
tarea era ingente, las dificultades obvias y los frutos iniciales muy escasos. Las
conversiones al cristianismo, de acuerdo con las leyes establecidas por Isabel
la Católica, no podían imponerse por la fuerza y se debían respetar los
derechos de los indios, que eran considerados hijos de Dios, con las mismas prerrogativas
que cualquier otro súbdito del Rey. De manera clandestina los indios seguían
practicando sus antiguos ritos aztecas y sacrificios humanos. Al poco tiempo
llegó el primer Obispo de la ciudad, D. Juan de Zumárraga, procedente del país
vasco, que pertenecía a la orden franciscana.
En este punto,
aconsejo al que aún no conozca el relato del Nican Mopohua (Aquí se
narra) sobre la aparición de la Virgen en México que lo haga ahora, de modo que pueda comprender adecuadamente
el sentido de los comentarios que se hacen a partir de ahora. Este documento, escrito en el idioma nativo nauhatl,
siempre ha sido considerado como la narración más fidedigna de los hechos
milagrosos que conforman la aparición de la Virgen de Guadalupe. Constituye un
complemento informativo indispensable para entender el mensaje de la aparición,
que aún hoy podemos ver estampada sobre el mismo material que la vieron los
indios hace casi 500 años.
Reconstrucción de la ciudad
de México y su entorno hacia 1531 formada por la unión de dos barrios:
Tenoctitlan (Sur) y Tlatelolco (Norte). Las colinas de la izquierda (Norte), de
las que parte una calzada rectilínea hacia la ciudad, son el lugar de las
apariciones (Tepeyac)
Los datos temporales
del conjunto de las apariciones de la Virgen a Juan Diego no son aleatorios y
sin significado. Respecto a la época, habían pasado ya diez años desde que
terminó la conquista y desde que Europa estuviera convulsionada por el comienzo
del gran cisma de Lutero y los protestantes. Como en el tiempo de la llegada de
la talla de la Virgen a España a finales del siglo VI, tras la conversión de
Recaredo en el año 588, también hacía poco tiempo que se habían establecido
condiciones sociales diferentes de las anteriores para los habitantes indígenas
de nueva España. Se había instaurado la paz y comenzaba un periodo que permitía
el desarrollo del catolicismo. Era momento en que ya verdece, ya abre su corola la fe, el conocimiento de Aquel por quien
se vive: el Verdadero Dios[2]. Las dos manifestaciones de la Virgen de Guadalupe ocurrieron en España
y México en el momento adecuado para ayudar al desarrollo de nuevas épocas de
evangelización y construcción de una sociedad católica.
El día de la primera
aparición a Juan Diego, el calendario juliano que regía desde tiempos del
emperador romano Julio César, marcaba el 9 de diciembre de 1531, diez fechas
menos que el día astronómico correcto. Por el contrario, en el preciso
calendario de los indios, tan solo quedaban 4 días para el equinoccio de
invierno, con el que comenzaba su nuevo año. Pero aquel comienzo de año no era uno
más para los aztecas sino también el comienzo de un nuevo ciclo supra-anual de cincuenta
y dos años. El sentido de estos ciclos era semejante al jubileo del calendario
de los hebreos en el Antiguo Testamento, es decir, se abría una nueva época en
la que se hacía borrón y cuenta nueva de contratos y cargas sociales que debían
ser renovados entonces o liberados. Es decir, aquellas fechas suponían para los
aztecas la apertura de nuevas expectativas en lo social. La Virgen escoge para
su manifestación este momento buscando ese profundo significado jubilar de
redención y de cambio a una nueva época.
En el hemisferio
norte el equinoccio de invierno marca el comienzo de la estación invernal. Son
fechas en las que el frío y el hielo se hacen sentir en la naturaleza, porque
es el momento en que este hemisferio alcanza su mayor distancia respecto al Sol
y recibe, por la inclinación del eje de la Tierra, la menor cantidad de luz y
calor del año. Desde luego, no son fechas de encontrar flores. Espiritualmente
la Virgen escoge este momento del año, árido y frío, para hacer notar
simbólicamente su deseo de iluminar y caldear los corazones de los hombres cuando
están yermos y estériles por su alejamiento de Dios. Esto era especialmente conveniente
para aquellas almas que llevaban siglos sujetas a las ataduras de una religión construida
sobre ritos satánicos, que alcanzaban su paroxismo en los abundantes
sacrificios humanos ejecutados sin piedad, hasta el punto de que las víctimas
llegaban a la alienación de considerar a su asesino como el mayor benefactor.
Pero también en
aquellas fechas, desde el punto de vista de los 2000 años de cristianismo,
comenzaba la última de cuatro partes aproximadamente iguales en que se puede
dividir el tiempo desde que Jesucristo vino al mundo. Son los últimos cinco
siglos en los que la pérdida de los valores cristianos en la civilización
occidental ha sido progresiva hasta el día de hoy: podríamos decir que entonces
comenzaba el invierno de la era cristiana. Pero si esto es cierto, también lo sería
el que ahora nos acercamos al surgimiento de una nueva primavera, probablemente
la que se anuncia en los capítulos finales del Apocalipsis: nuevo cielo y
nueva tierra[3].
El día en que
comenzó el ciclo de las cuatro apariciones a Juan Diego y una a su tío Juan
Bernardino era sábado, día tradicionalmente dedicado a la Virgen. La hora era
al final de la noche, de aquella particular noche pero también de la larga
noche de siglos que los aztecas habían estado esclavizados por la tiranía de una
religión diabólica. Aquel día además era luna nueva, es decir, la oscuridad de
la noche era total. Juan Diego había madrugado para ir a Tlatelolco y cuando
pasaba por el Tepeyac ya era el momento del alba, ya amanecía[4].
Como estrella de la mañana que anuncia la llegada del Sol, la Virgen escoge la
primera hora del día para aparecerse y realizar su manifestación, para alumbrar
aquel día que iba a marcar el comienzo de una nueva época para su sociedad y
para sus almas.
Pero la Virgen quiere
mostrarse en multitud de rasgos de su aparición como la Mujer descrita en el
Apocalipsis. A través de esos rasgos, quería también hacer ver a los hijos suyos
que conocían la fe hacía siglos, que su mensaje no solo apuntaba a aquel
momento, sino hacia la nueva época de la historia que se abrirá cuando se
cumplan los acontecimientos que narra ese libro profético de la Sagrada
Escritura.
Tan importante
resulta aquel día y hora de su aparición que en la imagen de la tilma de San
Juan Diego, impresa ante los ojos atónitos del Obispo y sus acompañantes y
visible casi cinco siglos después, quedará reproducida la posición de las
estrellas en ese lugar, día y hora, configurándose en el manto según una proyección
orto-anamórfica de la bóveda celeste. A partir de 1982, diversos estudios de
astronómicos[5]
han mostrado que su disposición en la imagen no es aleatoria, sino que responde
a la posición de las principales constelaciones el 12 de diciembre de 1531
hacia las 10:40 a.m. hora local, para las coordenadas de Ciudad de México. El
hallazgo se hizo con la colaboración del Observatorio Astronómico Laplace de la
Ciudad de México apoyados en las
posibilidades que ofrecen los ordenadores de finales del siglo XX. En otra página de este sitio volveré
sobre las estrellas del manto para extraer nuevas consecuencias del evidente
deseo de la Virgen de quedar impresa su figura unida al día y hora de su
manifestación.
Cuando se buscó este
efecto en más de 150 copias de los siglos XVII y XVIII, no se encontró ninguna
en la que se situaran correctamente las estrellas para que se pudieran
reconocer las constelaciones que se ven en el original. Los estudios detallados
de infrarrojos y rayos X efectuados sobre la tilma
en 1975 mostraron que algunas zonas de la pintura original están realizadas con
materiales conocidos, que incluso han sufrido un cierto deterioro con el tiempo:
los rayos de sol, las estrellas, el ángel, la luna, el moño del ceñidor, los
dibujos de la túnica,... De aquí algunos concluyeron apresuradamente que estos
elementos eran retoques realizados en época temprana sobre la primitiva imagen
estampada de manera milagrosa, realizados quizás por algún autor piadoso de
gusto europeo aunque desconocido. Los añadidos, según esta aventurada hipótesis,
debieron realizarse muy poco después de la fecha de aparición, antes de la
composición del[6] Nican Mopohua en 1548, puesto que la descripción de la
imagen que en él se hace ya incluye estos elementos. La teórica finalidad de
los retoques, podría haber sido adecuar la primitiva imagen al gusto gótico del
momento que imperaba en Europa. Sin
embargo, trascurridos pocos años de formular esta hipótesis, a la que le faltaba
un autor conocido, los resultados del estudio de la posición de las estrellas vinieron
a resolver indirectamente la polémica. Efectivamente, como comprobó el análisis
de las copias de la imagen, ningún autor humano calibró entonces o en los
siglos siguientes la posición precisa de las estrellas y su asociado reloj
astronómico que fijaba puntualmente el momento de la milagrosa estampación.
Por tanto, la
disposición precisa de las estrellas nos devuelve a la línea básica de
interpretación que seguimos en este libro, es decir, valorar primariamente los
hechos señalados en la tradición, por encima de desajustes menores que ciertos
estudios pueden plantear en un momento concreto. Este ejemplo reafirma la
realización de un único autor para toda la imagen, el divino, en un único
momento de estampación, el solsticio de invierno narrado por el Nican, con
la utilización de dos tipos de materiales para plasmar la imagen: unos conocidos
y caducos y otros desconocidos y permanentes. Esto encaja con el concepto de
asociar lo humano y lo divino que Dios quiere para conseguir el progreso de la
vida espiritual del cristiano y que subyace en todo el fondo del mensaje de
Guadalupe, desde el mismo momento en que imprime la imagen milagrosa sobre el
sustrato tosco y caduco de la fibra de magüey. Dios se complace tanto en usar
material de esta tierra como base en la que se presentar su obra como para mostrar
algunos adornos que completan aquella figura celestial. Lo mismo sucedió en
muchos milagros del evangelio como en la conversión milagrosa del agua en vino
en las bodas de Caná[7], en la multiplicación de
los panes y los peces[8] y especialmente en la institución
de la Eucaristía[9].
[1] GUERRERO
ROSADO José
Luis, Los dos mundos de un indio santo, Ed. Cimiento, México, 1991, pág.
58
[2]
Nican
Mopohua 2
[3]
Apocalipsis 21, 1
[4]
Nican
Mopohua 7
[5]
Hernández, J; Rojas, M; Salazar E (1995) La Virgen de Guadalupe y las estrellas
del manto. 101 pags. México
[6]
Callagan, P.; Smith, J. (1979) La tilma de
Juan Diego: ¿técnica o milagro?
[7]
Juan
2, 1-11
[8]
Mateo
14, 17
[9]
Mateo
26, 28
|