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En los años
inmediatamente anteriores y posteriores que ocurrió el hallazgo de Guadalupe se
contabilizan al menos una decena de otros descubrimientos de imágenes de la
Virgen en aquella región extremeña. Sin
embargo, la providencia quiso que solo ésta alcanzara inmediatamente una fama
que traspasó las estrechas fronteras de la comarca y la región.
Quizás el primer
lugar al que se difundió la devoción hacia la talla recientemente encontrada en
Guadalupe fue precisamente Sevilla. Tan sólo 10 años después del
descubrimiento, en la Iglesia de San Gil, la primera edificada en la ciudad
tras su reconquista, se pinta un fresco de la advocación de Santa María de
Guadalupe junto al altar del Sagrario, por mandato del arzobispo Don Remondo.
El tiempo deterioró la pintura y finalmente fue sustituida por otra en tabla
del siglo XVII. A principios del siglo XX, sin que se conozcan las razones, fue
trasladada esta tabla a la capilla de San Hermenegildo, Virrey de la Bética, en
la catedral. Recordemos que este era el santo a quién San Leandro había
convertido del arrianismo y que su martirio constituyó la semilla de la
conversión del reino de los visigodos tan solo tres años después. A su vez la
llegada de la talla de la Virgen a Sevilla ocurrió tan solo siete años después
de su martirio, cuando aún San Leandro era su obispo. Asimismo existe hoy en
Sevilla una cofradía bajo el nombre de la advocación de Guadalupe.
Conforme a la
promesa de la Virgen a Don Gil, muy pronto ocurrieron gran cantidad de milagros
realizados a través de su invocación. En realidad los milagros comenzaron ya antes el hallazgo de la talla, con la resurrección del hijo del vaquero, como
ocurrirá en México con la curación del tío del indio Juan Diego el día de la
impresión milagrosa de la imagen de la Virgen. Los milagros eran muy variados, sin
embargo el más frecuente y que caracterizó a la advocación estaba relacionado
con la liberación de cristianos cautivos de los musulmanes. En aquellos
momentos de Reconquista y Cruzadas era bastante frecuente esta desgraciada
situación, que proveía de mano de obra barata a los moros y llenaban sus
mazmorras. Las crónicas reseñan multitud de milagros de liberación tanto en
España como en África, que son totalmente semejantes a las que se narran en los
Hechos de los Apóstoles sobre a la huida de San Pedro de la prisión de Herodes[1] o transportes de cientos
de kilómetros como el profeta Habacuc a quien el ángel del
Señor le agarró por la cabeza y, llevándole por los cabellos, le puso en
Babilonia, (…) con la rapidez de su soplo[2]. Era común
que los liberados dejaran en agradecimiento sus cadenas y grilletes a los pies
de la Virgen de Guadalupe de modo que años más tarde se afirma que doscientos
carros no eran suficientes para transportar estos exvotos. Entre los cautivos
que un día depositaron allí sus grilletes se cuenta Miguel de Cervantes, autor
del Quijote, quién fruto de su experiencia personal dedicó diversos poesías a
la Virgen de Guadalupe en una de sus obras.
Entre los que
acudieron a la intercesión de la Virgen de Guadalupe estuvo el propio Rey
Alfonso XI de Castilla, quien debido a la fama que adquiría el lugar ya se
había informado a través de un legado personal de lo que allí sucedía. El
motivo inmediato surgió con la entrada de los almohades en la Península, que
era la invasión más numerosa desde seiscientos años atrás. Un numeroso ejército
de 400.000 hombres y 70.000 caballos, había cruzado el estrecho
de Gibraltar, dispuesto a recuperar el territorio que los moros habían perdido
durante varios siglos de lucha. A pesar de unirse a la empresa de rechazar a
los musulmanes el rey Alfonso IV de Portugal, el ejército cristiano era cuantitativamente
inferior a la décima parte del musulmán. La batalla se trabó el 29 de octubre
de 1340 en las cercanías de Tarifa, junto al río Salado. La victoria cristiana
fue tan completa y milagrosa que el Rey cumplió de inmediato su promesa de ir a
Guadalupe a dar gracias. A partir de ese momento, comenzó el apoyo real hacia el lugar y con el su engrandecimiento
material. A finales del siglo XIV contaba con un monasterio regido por la orden
Jerónima para todo lo relativo a la guarda y culto del lugar.
De nuevo se pone de
manifiesto el entronque con otra faceta de la historia inicial de la imagen: su
lucha contra la doctrina del Anticristo enarbolada en la Alta
Edad Media y en la Edad Moderna principalmente por los musulmanes. Toda la etapa final de la
Reconquista estará ungida por la invocación a la Virgen de Guadalupe para
conseguir el buen fin de esta empresa. Modelo señalado de esta actitud fueron
los Reyes Católicos y especialmente la Reina Isabel de Castilla. El mismo día 2
de enero de 1492 fecha de la entrega de
la ciudad de Granada por Boabdil el último rey moro, escribían al prior de
Guadalupe pidiendo que se dieran gracias con diversas funciones solemnes a La
Virgen por la conquista de la ciudad, que representaba el final de una tarea
que había durado ocho siglos. Consta también que la reina había encomendado la
campaña de Granada a la Virgen. Como los reyes anteriores y posteriores, la
reina más significativa de los valores que España ha aportado a la historia del
mundo, en sus 28 años de reinado, visitó al menos en veinte ocasiones el
Monasterio de Guadalupe al que llamaba “mi Paraíso”.
Mas adelante, en
1571 al organizarse los preparativos de la batalla de Lepanto, que habría de
librar a Europa de la amenaza de una nueva invasión musulmana mediante el
poderío turco, el rey Felipe II entregó al almirante de la flota Andrea Doria,
la copia de una imagen de la Virgen de Guadalupe de México que le habían
enviado desde Nueva España. El almirante conservó en el lugar de mando de la
nave capitana aquel cuadro de nuestra Señora de Guadalupe. En cierto momento de
la batalla, ante la inferioridad de la escuadra cristiana se hizo patente la
intervención milagrosa de la Virgen y cambió definitivamente su rumbo a favor
de los cristianos. El Papa, promotor de aquella escuadra atribuyó primariamente
la victoria a la Virgen del Rosario, cuya devoción deseaba difundir entre el
pueblo cristiano. Así, instituyó la fiesta de la Virgen del Rosario en el día
de la batalla (7 de octubre) e incluyó en sus letanías la invocación “Auxilium
christianorum”. El almirante y los combatientes se encomendaron a aquella
imagen de la Virgen de Guadalupe que llevaban consigo. Andrea Doria dejó en una
iglesia de su Génova natal aquella imagen donde hoy se venera. Don Juan de
Austria, hermanastro del rey Felipe II que comandaba la escuadra, marchó a
Guadalupe en agradecimiento de su protección y allí dejó el pendón de su nave
capitana para recuerdo de los siglos y un fanal de luz capturado de la nave
capitana de la armada turca.
La epopeya del
descubrimiento de América también estuvo marcada desde sus comienzos por la
Virgen de Guadalupe. Colón estuvo en Guadalupe en 1486 y 1489 para
entrevistarse allí con los Reyes Católicos y convencerles de la importancia de su
empresa. Tras muchas dificultades, una vez conquistada Granada, los reyes
firmaron en el Monasterio de Guadalupe el 20 de junio de 1492 las cartas que
permitieron a Cristóbal Colón aparejar en Huelva tres carabelas y su tripulación para la empresa que pretendía. Las
vicisitudes del viaje del descubrimiento hicieron que se perdiera una de las
naves. En el viaje de vuelta, la noche del 14 de febrero de 1493 se desató una
fuerte tormenta y otra de las carabelas se perdió. Al amanecer, como el
temporal arreciaba el almirante, que veía que se perdía la noticia del
descubrimiento de América con ellos, decidió encomendarse a la Virgen de
Guadalupe ofreciendo como promesa llevar uno de aquellos marineros a su santuario
un cirio de cinco libras nada más llegar. Echaron a suertes y le tocó cumplir
el voto a él mismo. Una vez más, la Virgen de Guadalupe mostró ser protectora
de navegantes, como en el viaje del obispo Isidoro a Hispalis, 900 años antes.
En su siguiente viaje, la primera isla descubierta de importancia recibió el
nombre de Guadalupe. Colón trajo de las nuevas tierras a dos indios adultos
como criados suyos, que recibieron el bautizo en el santuario de Guadalupe el
29 de julio de 1496, con los nombres de Cristóbal y Pedro.
Pero la tarea de la
Virgen de Guadalupe en las nuevas tierras descubiertas no había hecho más que
empezar.
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