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El racionalismo imperante en nuestros días tiende a atribuir como leyendas o a suprimir hechos si no existe el aval de una fuente escrita cercana, sobreviviente y directa. Ese estricto documentalismo histórico supone un reduccionismo científico que actúa como limitación de muchos investigadores, al aplicar al pasado conceptos y estructuras mentales propias del siglo presente. De este modo, muchas descripciones de documentos antiguos que hablan sobre un pasado anterior sin mencionar “suficientes” pruebas documentales, se atribuyen con facilidad al género del invento o la leyenda irreal. Se olvida así que durante muchos siglos la “documentación” habitual de hechos fidedignos era básicamente oral porque no podía ser de otra forma. Baste pensar que en la Edad Antigua y Media solo una minoría exigua sabía escribir y que bibliotecas enteras de aquellos tiempos han sido pasto de la llamas.
Cada época de la
historia tiene sus herramientas para conocer e investigar. Los
microbios existían antes que el hombre usara el microscopio para
conocerlos y los antibióticos para combatirlos. Pensar que los hombres
no padecían infecciones antes de que los científicos descubrieran sus
causas sería una simpleza. Sin embargo, los investigadores del siglo XX
han considerado con frecuencia los testimonios de veneración de la
imagen de Guadalupe en épocas anteriores al siglo XIV como historia
incierta o irreal, a pesar de que incluyen su presencia en sucesos
importantes y con personajes contrastados de la historia esos siglos.
Para comprender el mensaje completo asociado a la advocación de Guadalupe es necesario considerar elementos complementarios de tres épocas históricas que la conforman en su totalidad. Esté libro mostrará en su desarrollo que no basta indagar en el icono de México (Nueva España), o los 500 años del desarrollo de su devoción en América para entender plenamente el mensaje que nuestra Madre quiso dar a los hombres uniendo su santo nombre de Santa María a este título. Para iluminar completamente el sentido de la historia del Tepeyac, hay que acudir a su manifestación en Extremadura, desde comienzos del siglo XIV, y a las referencias de la veneración hacia su imagen en talla anteriores: en la Península Ibérica entre los siglos VI y VIII y en los primeros siglos en Roma y Bizancio. Es un hecho que el mensaje de la advocación de Guadalupe se ha desvelado progresivamente a lo largo del tiempo. Al igual que los contemporáneos de San Juan Diego no pudieron considerar los descubrimientos exclusivos de la tecnología del siglo XX sobre la tilma, a los hombres de nuestro siglo les está reservado un último hallazgo. Como los anteriores allí estaba, pero sólo en los últimos tiempos se puede entender completamente el mensaje de la Mujer del Apocalipsis.
No es aquí el lugar para discutir acerca de los microscopios y las miopías de los sabios del mundo en los tiempos racionalistas modernos. Sin entrar en polémicas estériles, en este estudio consideraremos ciertos no solo datos empíricamente contrastables por los criterios modernistas, sino otros que sin ser contrarios a lo razonable, requerirían comprobaciones imposibles. Para su validez en estos casos consideraremos si son prudentemente congruentes con el conjunto de la historia y si iluminan el análisis y comprensión del mensaje en su núcleo espiritual.
Tenemos casos semejantes en la historia de las advocaciones marianas como la Virgen del Pilar, cuya aparición al Apóstol Santiago hacia el año 40 a orillas del río Ebro está sustentado por una tradición oral, poco contrastable para los telescopios modernos pero que se admite como verdadera de modo generalizado. El principal motivo que confirmó la milenaria tradición oral fue el milagro de restitución de una pierna amputada tras un accidente y enterrada desde hacía ya tres años a Miguel Juan Pellicer el 29 de marzo de 1640, joven de 23 años, natural de Calanda, una pequeña aldea de Aragón. La Iglesia tras el correspondiente proceso investigador declaró el hecho milagroso el 27 de abril de 1641 y poco después el mismo rey Felipe IV recibía en audiencia al joven y besaba esa pierna en señal de veneración a la Virgen.
En el caso de la advocación de Guadalupe, los investigadores de siglos anteriores, tan sabios como los actuales, mayoritariamente aceptaron como verdaderas ciertas tradiciones tras un prudente análisis. Para ello siguieron criterios de plena concordancia y coherencia entre el significado de hechos antiguos de la tradición oral y los modernos contrastados documentalmente. En ambos percibieron una continuidad de actuación en la protección que brindó nuestra Señora a lo largo del tiempo mediante esta advocación. Entre las pruebas modernas, como en el caso del Pilar, también se dieron hechos milagrosos, directamente dirigidos a confirmar la veracidad de la historia menos documentada de la advocación. En este caso fue la curación milagrosa hacia 1720, del administrador de la Casería del Rincón, dependiente del monasterio de Guadalupe de Extremadura.
La unicidad histórica de las tres etapas de la advocación de Guadalupe descansa primariamente en la coherencia de un mensaje dirigido tanto al momento presente como hacia los últimos tiempos que describe San Juan en el Apocalipsis. Adicionalmente, la unión entre las dos primeras etapas surge del hecho de aparecer milagrosamente una talla de la Virgen María elaborada con material inexistente en las regiones cercanas, en un cuidado escondite antiguo, que contiene documentación relatando una historia previa fidedigna, hasta que fue ocultada para huir de las tropas musulmanas. La unión entre las dos últimas etapas de la advocación, además de la unidad en el mensaje transmitido en ambos lugares, queda avalada por la propia voluntad de la Virgen al darse a sí misma el nombre previo de Guadalupe en su aparición en México.
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