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La historia de la
advocación de Guadalupe se inicia con los albores del cristianismo, por
supuesto sin
tener aún la denominación formal de Guadalupe, ya que el nombre lo recibe tras la aparición de la
imagen talla en Extremadura hacia el año 1315, derivado como hemos visto del
nombre toponímico del río Guadalupejo, adyacente al lugar en que se realizará
ese hallazgo milagroso. Conocemos esta primera etapa a través de informaciones dignas
de crédito transmitidas por documentos hallados junto a la talla de la Virgen,
que se transcriben en otros de la época y posteriores. En ellos se da la
noticia de que la talla es obra del evangelista San Lucas.
Desde antiguo se
conocen obras artísticas en distintas partes del mundo, tanto pinturas como
esculturas, que la tradición atribuye a la mano de San Lucas. Aunque no fue uno
de los doce apóstoles, vivió en tiempo de Nuestro Señor y fue probablemente uno
de aquellos setenta y dos discípulos[1] que el Señor envío por
delante a preparar su camino, o de los dos discípulos de Emaus[2], pues son episodios de la
vida del Señor que solo narra su evangelio. Su amor le llevó a indagar los
hechos que no conocía de la vida de Nuestro Señor de labios de la misma Virgen
María. Su evangelio es el que narra la Anunciación, el Nacimiento de Jesús en la
gruta de Belén, que a su vez han servido de motivo de inspiración a todo el
arte cristiano a lo largo de la historia y ha dado origen a tantas manifestaciones
artísticas populares como los tradicionales belenes de las fechas navideñas y
buena parte de las escenas de la infancia de Jesús. La Tradición señala que sus obras literarias y
plásticas fueron realizadas mientras escuchaba de labios de la Virgen aquellos episodios
de la historia de la Redención. Quizás por todo ello, San Lucas fue considerado
desde antiguo patrón del gremio de los pintores. Estas tradiciones también
quedaron reflejadas a través de los propios pinceles de numerosos artistas medievales
y renacentistas como el Greco o Zurbarán. En realidad San Lucas debió ser un
hombre que aunó en si una gran conjunto de conocimientos porque San Pablo, con
quién estuvo hasta su muerte y cuyas vivencias le sirvieron para escribir el
libro de los Hechos de los Apóstoles, dice que también fue médico[3] de profesión.
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Imágenes de Santa María Salus Populi
Romani y Czestochowa atribuidas al Taller de San Lucas
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Algunas de las obras
pictóricas que la tradición atribuye a San Lucas son iconos muy significativos
por lo extendido de su devoción. Así por ejemplo, la Madonna Salus Populi
Romani que preside la Basílica de Santa María la Mayor en Roma o la Virgen de Czestochowa
en el santuario polaco de Jasna Gora. También el icono de la Virgen del Perpetuo
Socorro se señala que es copia de uno anterior pintado por San Lucas. La
tradición de todas estas obras les asigna un camino común hacia Occidente que
parte de Jerusalén, y pasa por las manos de Santa Elena y su hijo el emperador
Constantino, hacia finales del siglo IV. Son los tiempos del Concilio primero
de Constantinopla (381), convocado por el Papa San Dámaso del que salió el
Credo niceno-constantinopolitano que rezamos desde entonces.
El evangelista murió
a la edad de 84 años en Beocia y fue enterrado en Tebas. Desde allí, como
refiere San Jerónimo (cf. De viris ill. VI, I), sus huesos fueron
transportados a Constantinopla, a la basílica de los Santos Apóstoles[4],
por el emperador Constantino hacia el año 384. La tradición indica
que San Lucas mandó ser enterrado junto a la imagen de nuestra Señora que él
mismo había confeccionado. Cuando sus huesos sufrieron aquel primer traslado,
el emperador Constantino se hizo cargo de aquella talla.
[1] Lucas
10, 1-17
[2] Lucas
24, 13
[3]
Colosenses 4, 14
[4]
Discurso de Juan Pablo II el 15 de Octubre del año 2000, con ocasión del
reconocimiento del cuerpo de San Lucas, enterrado actualmente en Padua (Italia)
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